Amparo Tormo
Fosc


Inauguración
17 de septiembre / 18h

Exposición
17 de septiembre
- 6 de noviembre, 2026

Zielinsky Barcelona

 

Zielinsky Barcelona presenta «Fosc», primera exposición individual de Amparo Tormo en la galería. Con un texto crítico de José Luis Clemente, la exposición reúne esculturas y dibujos que investigan las relaciones entre lleno y vacío, planos y profundidad. La sombra emerge como un elemento constitutivo de la obra, capaz de hacer visible el vacío y transformar la percepción del espacio.

La sombra del vacío

“Ver es siempre ver más de lo que vemos”. Maurice Merleau-Ponty, Le Visible et l’Invisible (1964).

La práctica artística de Amparo Tormo viene asociada fundamentalmente a la escultura, aunque desde principios de los años noventa, hemos podido ver que sus obras, como aquí ocurre, escapan a la definición estricta de este medio como deja ver en los dibujos que se presentan en esta exposición. Esculturas y dibujos muestran una particular simbiosis que permite apreciar algunos de los conceptos y procesos con los que la artista viene trabajando desde el inicio de su trayectoria, como es el vacío, lo fragmentario, la ausencia y la negación. La configuración de su obra escultórica –como lo es en los propios términos de la escultura en la tradición— parece estar pensada para generar relaciones de lleno y vacío, planos y profundidad; aunque no sólo, como señalamos más adelante. A ello, sin embargo, cabe introducir la cuestión de la sombra como algo característico de la pintura y que sin embargo Amparo Tormo hace suyo en su obsesión por reinventar el espacio. Este aspecto, la sombra, aunque oculta –por ello escasamente apuntada en los análisis de su trabajo—, y que consideramos particularmente relevante en su producción, en esta muestra alcanza presencia una física destacada.

Más allá de la pintura, la sombra participa también de la construcción formal en la escultura, como algunos artistas hicieron antes y también deja entrever Amparo Tormo. En su escultura, la sombra constituye una dimensión especialmente activa en la ordenación del espacio. Generada por la articulación de planos, vacíos, superficies reflectantes y materiales que ofrecen distinta respuesta lumínica, deja de ser un mero efecto óptico para convertirse en un activo agente perceptivo. La sombra hace visible el vacío y establece una dialéctica entre presencia y ausencia, materia y levedad, superficie y profundidad. En este sentido, podemos considerar cómo Amparo Tormo asimila determinados procedimientos del minimal art, también del constructivismo y la deriva abstracta de la escultura como son: la geometría, la modulación, la serialidad y el rigor mismo constructivo, aunque desplazados por ella hacia una poética del vacío, el misterio y lo invisible; lo que la lleva a trascender la pura gramática del minimalismo.

La sombra está vinculada al origen mismo de la representación artística. Representar consiste, en cierto sentido, en hacer presente lo ausente; es, por tanto, simultáneamente presencia y ausencia. La sombra, en la obra de Amparo Tormo –como acabamos de señalar—, cabe entenderse como un elemento constitutivo de la escultura, no como un efecto secundario de la iluminación. Es materia y vacío, estructura y espacio, presencia y ausencia, peso y levedad, opacidad y reflejo, luz y, en definitiva, oscuridad.

Su escultura, a menudo, ha sido interpretada como un lugar de misterio, ausencia y negación. Y desde esa óptica, podemos entender también cómo en su obra la sombra se extiende como una prolongación del vacío. Sin embargo, en sus esculturas, el vacío no funciona simplemente como aquello que queda entre dos partes sólidas. El vacío adquiere presencia escultórica. Y la sombra hace visible ese vacío, lo hace físico y tangible. De esta manera, la sombra puede actuar como una especie de materialización perceptiva de lo que físicamente no está. Por eso, más allá del minimal art, sus formas geométricas y constructivas no conducen únicamente a una experiencia de orden; hay algo evocador y misterioso. La estabilidad material de la escultura contrasta con la inestabilidad perceptiva de sus sombras, reflejos y vacíos. Su obra, por tanto, supone una negación del minimalismo, entendido como supremacía de la forma material, ya que Amparo Tormo no se queda en la literalidad del objeto minimalista.

Aunque no siendo su obra un elemento representado ni una metáfora de la interioridad, como también ocurre en el minimal art, sí expone un efecto físico y espacial respecto a la relación entre objeto, luz, espacio y espectador. En artistas como Donald Judd, Robert Morris o Carl Andre, la obra se presenta como un objeto material situado en un espacio real y, ahí, la sombra deja de ser una imagen de la realidad para convertirse en acontecimiento físico de la obra, como vemos también en el trabajo de Amparo Tormo. Es por eso, que la sombra que se proyecta en las obras forma parte inevitablemente de la experiencia de la obra. Las obras del minimal art pueden producir modificaciones en el espacio a partir de sombras sobre el suelo, sobre la pared o reflejos. La sombra amplía así el objeto, más allá de sus límites físicos en una repetición invariable; algo que acaba siendo sin embargo pervertido por la artista, cuando quiebra la invariabilidad y desobedece lo repetitivo, utilizando para ello el peso del fragmento que, por sí solo, cobra autonomía y un valor propio.

Para el minimal art –y en esto Amparo Tormo vuelve a ser díscola— la sombra hace evidente que el objeto no existe aisladamente, depende de una situación espacial concreta (teatralidad); algo que la artista deshace, cuando aísla una progresión constructiva, dotándola de una corporeidad única. Para Rosalind Krauss y, de manera indirecta, para la crítica fenomenológica, la experiencia por la que el espectador no contempla simplemente un objeto desde fuera, constituye una de las grandes aportaciones del minimal art. Y ahí, como observamos en las obras expuestas, de nuevo, es cuando la sombra se hace presente y revela que la obra depende de una situación perceptiva dada. La escultura ya no tiene necesariamente un límite claro. Desde esas consideraciones, podríamos convenir que mientras el objeto minimalista se hace continuo e invariable en la percepción de su sombra, las obras de Amparo Tormo, desde su aislamiento, se llaman unas a otras y convergen en esos espacios de oscuridad, siempre de forma única, separadas. La sombra, así, funciona como una especie de extensión inmaterial de una escultura que es otra y otra. Esto cuestiona la tradicional separación entre: objeto y entorno, y la obra acaba afectando definitivamente al espacio que la rodea; para lo que la artista vuelve a nutrirse del minimalismo.

En la obra de Amparo Tormo, la sombra puede entenderse, por tanto, como signo de aquello que está ausente pero que continúa afectando a nuestra percepción. Trabaja con superficies extremadamente cuidadas: aluminio, acero inoxidable, grafito, madera y superficies lacadas o bruñidas. En algunas de sus esculturas, la superficie puede actuar casi como un espejo, mientras que las zonas hundidas o los intersticios producen sombras, oscuridades. Esto genera una oscilación perceptiva, de tal manera que podríamos observar la común lógica de cómo la superficie refleja y el vacío absorbe, mientras la mirada pasa continuamente de una zona que devuelve la luz a otra que parece retenerla. Por otra parte, cabe señalar también cómo la crítica habla precisamente de “hacer visible la estructura”, en tanto la artista convierte “la piel de la obra” en una especie de espejo enfrentado consigo mismo; un reflejo al que aquí añadiríamos la necesidad de remarcar la sombra de sí misma; algo que es plenamente perceptible en los grafitos sobre papel.

La sombra, como el espejo, pueden entenderse como figuras fundamentales para pensar la relación entre realidad, apariencia, percepción, representación y el propio conocimiento. Ambas figuras remiten a algo que está presente y, al mismo tiempo, depende de otra cosa para aparecer. Una superficie de acero pulido, por ejemplo, como vemos en las obras de Amparo Tormo, no solamente refleja un objeto; refleja también al espectador, el espacio circundante y las variaciones de luz. La obra deja entonces de ser una entidad visual completamente estable. La sombra, sin embargo, funciona en sentido contrario al efecto de la luz, al que parece deberse: introduce zonas que escapan a la mirada y obligan al espectador a completar perceptivamente aquello que no está disponible de manera inmediata. Y así podríamos concluir cómo el espejo-luz amplía lo visible en un sentido determinado, mientras que la sombra revela los límites de lo visible, los desplaza hacia un territorio de significado abierto. Ambas situaciones, hacen que la obra dependa de la posición del espectador; debe estar ahí. La escultura ya no es únicamente un objeto que se contempla desde fuera, sino un campo perceptivo, expandido, que se modifica según el movimiento del cuerpo, la incidencia de la luz y, por tanto, la relación entre superficie, espacio y mirada. En este sentido, y echando mano de la fenomenología, podemos considerar cómo sombra y espejo pueden entenderse como dos estrategias complementarias de desestabilización de la percepción: la sombra introduce lo invisible dentro de lo visible; el espejo introduce dentro de lo visible una imagen que no posee la misma materialidad que aquello que representa.

Por otra parte –y esto ya nos aleja definitivamente del rastro del minimalismo—, también podemos establecer una relación con el concepto de huella. Una sombra no deja de ser una huella óptica (situación pareja a la del espejo): algo que ha estado delante de la luz y ha producido una modificación del espacio luminoso. En la obra de Amparo Tormo, las sombras pueden interpretarse metafóricamente como rastros de la estructura o estructuras en sí mismas como se observa en los papeles. De alguna manera, sus esculturas y dibujos dejan una huella sobre el espacio. Esto encaja especialmente con la descripción de “estructuras constantes”, donde se habla de líneas, huellas, rastros y sombras entre volúmenes y de hacer presente lo invisible. La sombra obliga al espectador a experimentar la obra desde una posición concreta, que sin embargo tiene que variar, al tiempo, porque no existe una visión única y definitiva de cuanto vemos. Al desplazarnos –y esto lo vemos tanto en la escultura como en los grafitos sobre papel—, la sombra cambia, el vacío cambia, la profundidad aparente cambia, la obra cambia perceptivamente; lo que nos llevaría a concluir que la escultura no es simplemente un objeto, como los grafitos no son simplemente dibujos.

Desde esta perspectiva, hablaríamos aquí de la relevancia de una situación perceptiva dada y los posibles conflictos asociados a ello. En la obra de Amparo Tormo, la sombra no es simplemente el resultado de la iluminación, sino que forma parte de la propia escultura y de la manera en que la percibimos. Los diferentes planos, huecos, materiales y superficies de sus obras producen sombras y reflejos que modifican constantemente su apariencia; y aquí es cuando “el simple ver de las cosas” se pone en crisis. La sombra permite hacer visible el vacío: señala los espacios que quedan entre las diferentes partes de la escultura y crea una sensación de profundidad. De este modo, la obra establece un juego entre lo que está presente y lo que está ausente, entre la materia y el espacio vacío, y entre lo que vemos directamente y aquello que permanece oculto; lo que nos remite de nuevo a la figura del espejo.

La sombra manifiesta así algo esencial de la experiencia perceptiva: ver implica también no ver, como apunta la fenomenología de la percepción. En términos de Merleau-Ponty –Fenomenología de la percepción (1945)—, toda percepción de lo visible implica simultáneamente una dimensión de invisibilidad: aquello que aparece lo hace siempre desde una perspectiva determinada y sobre el fondo de aquello que permanece oculto. Como hicieron visible grandes maestros de la sombra –Caravaggio, Rembrandt, Goya, Friedrich o el cine de Tarr y Tarkovski—, la oscuridad puede funcionar no solo como efecto lumínico sino como una forma de construir aquello que no puede ser plenamente visto o conocido, o ni siquiera pensado.

Aunque cabría tratar de otros muchos aspectos de la obra de Amparo Tormo en relación a lo que aquí apuntamos, a propósito de la poética de la sombra –y que dejamos, a ciegas, en ojos del espectador—, sí proponemos finalmente un asunto que en la actualidad cobra especial relevancia como es “la crisis del ver” en relación al impacto de la imagen del presente —Juan Martín Prada, El ver y las imágenes en el tiempo de Internet (2018)— y que ya Warhol tratara antes. Aunque la obra de Amparo Tormo se sitúa en las antípodas de Warhol, sí resulta interesante observar cómo para él, la sombra puede convertirse en imagen sin referente identificable. La sombra deja de ser secundaria respecto al objeto y adquiere autonomía visual.

La sombra, como podemos apreciar en la serie Shadow (1978-1979) de Warhol, consiste en una estructura visual que se refleja en sí misma, como un efecto espejo. En esta serie no hay referente; el referente resulta indeterminado. Warhol lleva la lógica de la repetición hasta un punto en el que ya no sabemos exactamente qué se está repitiendo y qué vemos. Como ocurre en Rothko, a quien Warhol parece mirar de reojo, en su obra desaparece prácticamente toda estructura. La sombra deja de ser una propiedad de las cosas y se convierte en una cualidad de la experiencia visual. En Rothko, la oscuridad puede funcionar como un límite inmenso de la percepción; hablaríamos del no-límite. El espectador ve una zona oscura, pero cuanto más la contempla, menos evidente resulta qué es exactamente lo que está viendo, y aquí cabría hablar de una estética del vacío, como ocurre también en la serie Shadow de Warhol. Sin embargo, Rothko no pinta simplemente “la nada”, como tampoco la esculpe o la dibuja Amparo Tormo; sus campos oscuros siguen siendo extraordinariamente activos perceptivamente. El negro no es ausencia absoluta de imagen por mucho que parezca ser negada; es una presencia que se resiste a ser identificada. Hablaríamos entonces de silencio, oscuridad y concentración en una duración del tiempo de la mirada que se convierte en conflicto perceptivo: profundidad, ocultamiento, absorción e indefinición.

Ver no significa simplemente registrar aquello que aparece ante nuestros ojos. Toda percepción implica una relación entre lo visible y aquello que, permaneciendo oculto, condiciona nuestra experiencia de lo visible. En este sentido, la obra de Amparo Tormo pone en crisis el “simple ver de las cosas”, al obligar al espectador a atender a aquello que la propia percepción deja fuera de campo y que se sitúa en el inmenso espacio de las sombras.

José Luis Clemente
Universidad Politécnica de Valencia

Amparo Tormo (València, España, 1960) desarrolla una práctica escultórica centrada en las relaciones entre materia, espacio y percepción. A través de materiales industriales como el hierro, el acero, el MDF y superficies reflectantes, sus obras exploran las tensiones entre lleno y vacío, interior y exterior, presencia y ausencia. Mediante la duplicación de planos, la inver- sión de estructuras y el uso del reflejo, sus esculturas transforman la experiencia del espacio e implican activamente al espectador.

Vive y trabaja en València. Su obra forma parte de colecciones como IVAM (Institut Valencià d’Art Modern), Fundación Bancaja, Col·lecció d’Art Contemporani de la Generalitat Valenciana, Museo de la Solidaridad Salvador Allende (Santiago de Chile) y MEIAC (Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo). A lo largo de su trayectoria ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Primer Premio de la VI Bienal de Escultura de Meliana (2000), el Primer Premio de la VII Bienal de Escultura «Villa de Mislata» (1999) y el XXII Premio Bancaja de Pintura y Escultura (1996).

Amparo Tormo
Fosc


Opening
September 17 / 6pm

Exhibition
September 17
- November 6, 2026

Zielinsky Barcelona

 

Zielinsky Barcelona presents «Fosc», Amparo Tormo's first solo exhibition at the gallery. Featuring a critical essay by José Luis Clemente, Fosc brings together sculptures and drawings that explore the relationships between fullness and emptiness, plane and depth. Shadow emerges as a constitutive element of the work, making the void visible while reshaping the perception of space.

The Shadow of Emptiness

“To see is always to see more than what we see.” Maurice Merleau-Ponty, Le Visible et l’Invisible (1964).

Amparo Tormo’s artistic practice has been fundamentally associated with sculpture. Since the early 1990s, however, her work—as demonstrated in this exhibition—has consistently exceeded the strict boundaries of the medium, as is also evident in the drawings presented here. Sculpture and drawing establish a distinctive symbiosis through which several of the concepts and processes that have informed the artist’s practice from the outset become visible: emptiness, fragmentation, absence and negation. The configuration of her sculptural work—as sculpture has traditionally been conceived—appears designed to generate relationships between mass and void, plane and depth, although, as will be argued later, it extends well beyond these formal concerns. Within this framework, it is essential to introduce the question of shadow, a phenomenon historically associated with painting but appropriated by Amparo Tormo in her persistent reinvention of space. Although largely overlooked in critical readings of her work, shadow—concealed, and therefore seldom acknowledged—constitutes one of its most significant dimensions. In this exhibition, it acquires an especially tangible physical presence.

Beyond painting, shadow also participates in the formal construction of sculpture, as demonstrated by several artists before her and, likewise, by Amparo Tormo. Within her sculptures, shadow becomes a particularly active dimension in the organisation of space. Generated through the articulation of planes, voids, reflective surfaces and materials that respond differently to light, it ceases to function merely as an optical effect and instead becomes an active perceptual agent. Shadow renders the void visible and establishes a dialectic between presence and absence, matter and lightness, surface and depth. In this respect, Amparo Tormo assimilates certain procedures associated with Minimal Art, Constructivism and the abstract trajectory of sculpture—geometry, modulation, seriality and rigorous construction—while simultaneously redirecting them towards a poetics of emptiness, mystery and the invisible. In doing so, she ultimately transcends the formal grammar of Minimalism itself.

Shadow is intrinsically bound to the very origins of artistic representation. To represent is, in a certain sense, to make present what is absent; representation therefore embodies both presence and absence simultaneously. In Amparo Tormo’s work, as already suggested, shadow should be understood as a constitutive element of sculpture rather than as a secondary consequence of illumination. It is matter and void, structure and space, presence and absence, weight and lightness, opacity and reflection, light and, ultimately, darkness.

Her sculpture has often been interpreted as a place of mystery, absence and negation. From this perspective, shadow can likewise be understood as an extension of emptiness. Yet within her sculptures, the void does not simply occupy the space between two solid forms. Rather, it acquires sculptural presence in its own right. Shadow makes this void visible, rendering it physical and tangible. In this way, shadow operates as a kind of perceptual materialisation of that which is not physically present. Consequently, beyond the legacy of Minimal Art, her geometric and constructive forms do not merely produce an experience of order; they evoke something mysterious and elusive. The material stability of the sculpture stands in contrast to the perceptual instability of its shadows, reflections and voids. Her work thus constitutes a negation of Minimalism understood as the supremacy of material form, for Amparo Tormo never remains within the literalness of the minimalist object.

Although her work is neither representational nor a metaphor for interiority—as is likewise the case in Minimal Art—it nevertheless generates a physical and spatial effect arising from the relationship between object, light, space and viewer. In the work of artists such as Donald Judd, Robert Morris and Carl Andre, the artwork presents itself as a material object situated within real space, where shadow ceases to function as an image of reality and instead becomes a physical event intrinsic to the work itself. The same can be observed in Amparo Tormo’s practice. The shadows projected by her sculptures therefore become an inseparable part of the experience of the work. Minimalist objects transform space through shadows cast upon floors and walls, as well as through reflections. Shadow extends the object beyond its physical limits in an invariant repetition. Yet this condition is ultimately subverted by Tormo, who fractures invariability and disrupts repetition through the weight and autonomy of the fragment, allowing each element to acquire its own singular presence and value.

For Minimal Art—and here Amparo Tormo once again proves herself wilfully unruly—shadow reveals that the object does not exist in isolation but depends upon a specific spatial situation, a condition often described as theatricality. Tormo dismantles this premise by isolating a constructive progression and endowing it with a singular corporeality. For Rosalind Krauss and, more broadly, within phenomenological criticism, one of Minimal Art’s principal achievements lies in the fact that the viewer no longer contemplates the object from an external position but experiences it physically. It is precisely at this point—as the works presented here clearly demonstrate—that shadow reappears, revealing that the work depends upon a particular perceptual situation. Sculpture no longer possesses a fixed or unequivocal boundary. From this perspective, one might argue that whereas the minimalist object becomes continuous and invariant through the perception of its shadow, Amparo Tormo’s sculptures, precisely through their isolation, call to one another and converge within these spaces of darkness, always as distinct and autonomous presences. Shadow thus functions as a kind of immaterial extension of a sculpture that continually becomes another. In doing so, it questions the traditional distinction between object and environment, allowing the work to transform the surrounding space—a strategy through which the artist once again draws upon the legacy of Minimalism while simultaneously moving beyond it.

Within Amparo Tormo’s work, shadow may therefore be understood as the sign of something absent that nevertheless continues to shape our perception. Her sculptures are constructed from meticulously finished materials—aluminium, stainless steel, graphite, wood, lacquered and burnished surfaces. In some works, these surfaces function almost as mirrors, while recessed areas and interstitial spaces generate shadows and zones of darkness. This creates a perceptual oscillation in which reflective surfaces return light while voids appear to absorb it, and the gaze moves continuously between luminous and obscured areas. Critical discourse has frequently referred to her practice as an attempt to “make structure visible,” since the artist transforms “the skin of the work” into a mirror confronting itself. To this observation we might add another: the work simultaneously projects the shadow of itself, a phenomenon that becomes especially evident in the graphite drawings on paper.

Like the mirror, shadow can be understood as one of the fundamental figures through which to consider the relationships between reality, appearance, perception, representation and knowledge itself. Both depend upon something else in order to appear, while simultaneously making present what already exists. A polished steel surface, as found in Amparo Tormo’s sculptures, reflects not only an object but also the viewer, the surrounding space and changing conditions of light. The artwork consequently ceases to exist as a completely stable visual entity. Shadow, however, operates in the opposite direction to light, even though it depends upon it. It introduces areas that escape immediate vision, compelling the viewer to complete perceptually what is not directly available. If mirror and light extend the visible in one direction, shadow reveals the limits of visibility itself, shifting perception towards an open field of meaning. Both conditions make the work dependent upon the spectator’s position. Sculpture is no longer merely an object observed from the outside but becomes an expanded perceptual field that changes according to bodily movement, the incidence of light, and the constantly evolving relationship between surface, space and vision. From a phenomenological perspective, shadow and mirror may therefore be understood as complementary strategies for destabilising perception: shadow introduces the invisible into the visible, while the mirror inserts within the visible an image that does not possess the same materiality as the thing it reflects.

Furthermore—and this finally distances Amparo Tormo’s work from any direct affiliation with Minimalism—it is also possible to establish a relationship with the notion of the trace. A shadow may be understood as an optical trace, much like a reflection: the visible consequence of something having interrupted light and thereby transformed luminous space. Within Tormo’s work, shadows may be interpreted metaphorically as traces of structure—or even as structures in themselves—as can be observed particularly in the works on paper. In this sense, both her sculptures and her drawings leave a trace upon space. This corresponds closely with the idea of “constant structures,” where lines, traces, vestiges and shadows between volumes make the invisible present. Shadow obliges the viewer to experience the work from a particular position, a position that must nonetheless remain mobile, since no single, definitive view of the work is ever possible. As we move—and this applies equally to the sculptures and the graphite drawings—shadow changes, the void changes, apparent depth changes, and the work itself changes perceptually. Sculpture is therefore never simply an object, just as the graphite works are never simply drawings.

From this perspective, attention shifts towards the importance of the perceptual situation itself and the tensions it inevitably generates. In Amparo Tormo’s work, shadow is not merely the consequence of illumination but forms part of the sculpture’s very constitution and of the way it is perceived. The different planes, voids, materials and surfaces continuously produce shadows and reflections that transform the appearance of the work. It is here that what Merleau-Ponty described as the “simple seeing of things” enters into crisis. Shadow renders the void visible, revealing the spaces between the different elements of the sculpture while creating a powerful sense of depth. The work thus establishes an ongoing dialogue between presence and absence, matter and empty space, direct visibility and concealment, returning us once again to the figure of the mirror.

Shadow thus reveals something fundamental about the experience of perception: to see also entails not seeing, as the phenomenology of perception reminds us. In Merleau-Ponty’s terms—Phenomenology of Perception (1945)—every perception of the visible simultaneously contains a dimension of invisibility. Whatever appears does so only from a particular perspective and against the background of that which remains concealed. As the great masters of shadow—Caravaggio, Rembrandt, Goya, Caspar David Friedrich, and later the cinema of Béla Tarr and Andrei Tarkovsky—so powerfully demonstrated, darkness may function not merely as a lighting effect but as a means of constructing that which cannot be fully seen, fully known, or even fully thought.

Although many other aspects of Amparo Tormo’s practice could be explored in relation to what has been proposed here regarding the poetics of shadow—an inquiry we deliberately leave, almost blindly, to the viewer’s gaze—it is worth concluding with an issue of particular urgency today: the crisis of vision in the age of contemporary images, as examined by Juan Martín Prada in Seeing and Images in the Time of the Internet (2018), a question that Andy Warhol had already anticipated decades earlier. Although Amparo Tormo’s work stands at the opposite end of the spectrum from Warhol’s, it is nevertheless revealing to consider how, in his work, shadow becomes an image without an identifiable referent. It ceases to be secondary to the object and acquires an autonomous visual existence.

As can be observed in Warhol’s Shadows series (1978–79), shadow becomes a visual structure that reflects back upon itself, functioning almost like a mirror effect. In this series, the referent disappears; what remains is fundamentally indeterminate. Warhol pushes the logic of repetition to the point where we no longer know precisely what is being repeated—or even what we are actually seeing. Much as in the work of Rothko, whom Warhol seems almost to glance towards, nearly every recognisable structure dissolves. Shadow is no longer a property of things but a quality of visual experience itself. In Rothko’s paintings, darkness may be understood as an immense limit of perception—or perhaps more accurately, as the absence of any limit. The viewer encounters a dark field, yet the longer one looks, the less certain it becomes what is actually being seen. Here we might speak of an aesthetics of emptiness, much as we can in Warhol’s Shadows. Yet Rothko does not simply paint “nothingness,” just as Amparo Tormo neither sculpts nor draws it. His dark fields remain extraordinarily active perceptually. Black is never the absolute absence of image, however much the image appears to withdraw; rather, it is a presence that resists identification. What emerges instead is a condition of silence, darkness and concentration, in which the duration of looking itself becomes a perceptual conflict—one of depth, concealment, absorption and indeterminacy.

To see does not simply mean registering what appears before our eyes. Every act of perception involves a relationship between what is visible and that which, while remaining hidden, nevertheless conditions our experience of the visible. In this sense, Amparo Tormo’s work calls into question the “simple seeing of things,” compelling the viewer to attend to everything that perception itself excludes, to that vast territory that lies within the realm of shadows.

José Luis Clemente
Universitat Politècnica de València

Amparo Tormo (Valencia, Spain, 1960) lives and works in Valencia. Her work is held in collections including the IVAM – Institut Valencià d'Art Modern, Fundación Bancaixa, Col·lecció d’Art Contemporani de la Generalitat Valenciana, Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo and the Museo de la Solidaridad Salvador Allende in Santiago, Chile.

She has received numerous awards, including First Prize at the 6th Meliana Sculpture Biennial (2000), First Prize at the 7th Villa de Mislata Sculpture Biennial (1999), First Prize at the 6th Quart de Poblet Sculpture Biennial (1998), the Acquisition Prize at the 11th Murcia Biennial of Visual Arts (1997), First Prize (Painting) at the 22nd Bancaixa Painting and Sculpture Awards (1996), the Alfons Roig Fellowship (1987), the Acquisition Prize at the 2nd Alfafar Sculpture Biennial (1986), and the Senyera XXVI Sculpture Award (1983).

Amparo Tormo
Fosc


Inauguració
17 de setembre / 18h

Exposició
17 de setembre
– 30 de novembre de 2026

Zielinsky Barcelona

 

Zielinsky Barcelona presenta «Fosc», la primera exposició individual d’Amparo Tormo a la galeria. Amb un text crític de José Luis Clemente, l’exposició reuneix escultures i dibuixos que investiguen les relacions entre ple i buit, plans i profunditat. L’ombra emergeix com un element constitutiu de l’obra, capaç de fer visible el buit i transformar la percepció de l’espai.

L’ombra del buit

“Veure és sempre veure més del que veiem”. Maurice Merleau-Ponty, Le Visible et l’Invisible (1964).

La pràctica artística d’Amparo Tormo ha estat associada fonamentalment a l’escultura. Tanmateix, des de principis dels anys noranta, la seva obra —com també es posa de manifest en aquesta exposició— ha desbordat els límits estrictes d’aquest mitjà, tal com evidencien els dibuixos que s’hi presenten. Escultures i dibuixos estableixen una simbiosi singular que permet apreciar alguns dels conceptes i processos que han articulat la trajectòria de l’artista des dels seus inicis, com ara el buit, allò fragmentari, l’absència i la negació. La configuració de la seva obra escultòrica —tal com s’ha entès tradicionalment l’escultura— sembla concebuda per generar relacions entre ple i buit, entre pla i profunditat; tot i que, com veurem més endavant, va molt més enllà d’aquestes qüestions formals. En aquest context cal introduir la noció d’ombra, històricament vinculada a la pintura però que Amparo Tormo incorpora com a element essencial de la seva obstinació per reinventar l’espai. Aquest aspecte, l’ombra —sovint ocult i, per això mateix, escassament considerat en les lectures de la seva obra— constitueix, al nostre entendre, una de les dimensions més significatives de la seva producció. En aquesta mostra adquireix una presència física especialment intensa.

Més enllà de la pintura, l’ombra participa també en la construcció formal de l’escultura, tal com ja havia succeït en l’obra d’altres artistes i com també es fa evident en la pràctica d’Amparo Tormo. En les seves escultures, l’ombra esdevé una dimensió especialment activa en l’organització de l’espai. Generada mitjançant l’articulació de plans, buits, superfícies reflectores i materials que responen de manera diversa a la llum, deixa de ser un simple efecte òptic per convertir-se en un autèntic agent perceptiu. L’ombra fa visible el buit i estableix una dialèctica entre presència i absència, matèria i lleugeresa, superfície i profunditat. En aquest sentit, Amparo Tormo assimila determinats procediments propis del Minimal Art, del constructivisme i de la deriva abstracta de l’escultura —la geometria, la modulació, la serialitat i el rigor constructiu—, però els desplaça cap a una poètica del buit, del misteri i de l’invisible. D’aquesta manera, acaba transcendint la gramàtica formal del mateix minimalisme.

L’ombra està estretament vinculada a l’origen mateix de la representació artística. Representar significa, en certa manera, fer present allò que és absent; és, per tant, presència i absència alhora. En l’obra d’Amparo Tormo, tal com acabem d’assenyalar, l’ombra s’ha d’entendre com un element constitutiu de l’escultura i no pas com un efecte secundari de la il·luminació. És matèria i buit, estructura i espai, presència i absència, pes i lleugeresa, opacitat i reflex, llum i, en definitiva, foscor.

La seva escultura ha estat sovint interpretada com un espai de misteri, absència i negació. Des d’aquesta perspectiva, també podem entendre l’ombra com una prolongació del buit. Tanmateix, en les seves escultures el buit no funciona simplement com l’espai que queda entre dues masses sòlides. El buit adquireix una presència escultòrica pròpia. L’ombra el fa visible, el converteix en una realitat física i tangible. Així, l’ombra actua com una mena de materialització perceptiva d’allò que físicament no hi és. Per això, més enllà del Minimal Art, les seves formes geomètriques i constructives no condueixen únicament a una experiència d’ordre, sinó que evoquen una dimensió misteriosa i suggeridora. L’estabilitat material de l’escultura contrasta amb la inestabilitat perceptiva de les seves ombres, reflexos i buits. La seva obra constitueix, així, una negació del minimalisme entès com la supremacia de la forma material, ja que Amparo Tormo no es limita mai a la literalitat de l’objecte minimalista.

Tot i que la seva obra no és representacional ni una metàfora de la interioritat —tal com també succeeix en el Minimal Art—, sí que produeix un efecte físic i espacial derivat de la relació entre objecte, llum, espai i espectador. En artistes com Donald Judd, Robert Morris o Carl Andre, l’obra es presenta com un objecte material situat en un espai real, i és precisament aquí on l’ombra deixa de ser una imatge de la realitat per convertir-se en un esdeveniment físic inherent a l’obra mateixa, tal com també succeeix en el treball d’Amparo Tormo. Les ombres projectades per les seves escultures formen, per tant, part inseparable de l’experiència de l’obra. Els objectes del Minimal Art transformen l’espai a través de les ombres que projecten sobre el terra o les parets, així com mitjançant els seus reflexos. L’ombra amplia l’objecte més enllà dels seus límits físics en una repetició aparentment invariable. Aquesta condició, però, és finalment subvertida per Amparo Tormo, que fractura aquesta invariabilitat i desobeeix la lògica de la repetició mitjançant el pes i l’autonomia del fragment, convertint cada element en una presència singular.

Per al Minimal Art —i és aquí on Amparo Tormo torna a mostrar-se indisciplinada—, l’ombra posa de manifest que l’objecte no existeix de manera aïllada, sinó que depèn d’una situació espacial concreta (teatralitat); una condició que l’artista desfà quan aïlla una progressió constructiva i la dota d’una corporeïtat singular. Per a Rosalind Krauss i, de manera indirecta, per a la crítica fenomenològica, l’experiència segons la qual l’espectador ja no contempla simplement un objecte des de fora constitueix una de les grans aportacions del Minimal Art. I és precisament aquí, com observem en les obres exposades, que l’ombra torna a fer-se present i revela que l’obra depèn d’una situació perceptiva determinada. L’escultura deixa, així, de tenir necessàriament un límit clar. Des d’aquestes consideracions, podríem convenir que, mentre l’objecte minimalista esdevé continu i invariable en la percepció de la seva ombra, les obres d’Amparo Tormo, des del seu aïllament, es criden les unes a les altres i convergeixen en aquests espais de foscor, sempre d’una manera única, separades. L’ombra funciona, així, com una mena d’extensió immaterial d’una escultura que és una altra i una altra. Tot això qüestiona la separació tradicional entre objecte i entorn, i l’obra acaba afectant de manera definitiva l’espai que l’envolta; un aspecte per al qual l’artista torna a nodrir-se del Minimal Art.

En l’obra d’Amparo Tormo, l’ombra pot entendre’s, per tant, com el signe d’allò que és absent però que continua afectant la nostra percepció. Treballa amb superfícies extraordinàriament cuidades: alumini, acer inoxidable, grafit, fusta i superfícies lacades o brunyides. En algunes de les seves escultures, la superfície pot actuar gairebé com un mirall, mentre que les zones enfonsades o els intersticis produeixen ombres, obscuritats. Això genera una oscil·lació perceptiva, de manera que podem observar una mateixa lògica segons la qual la superfície reflecteix i el buit absorbeix, mentre la mirada transita contínuament d’una zona que retorna la llum a una altra que sembla retenir-la. D’altra banda, cal assenyalar també com la crítica parla precisament de «fer visible l’estructura», en tant que l’artista converteix «la pell de l’obra» en una mena de mirall enfrontat a si mateix; un reflex al qual aquí afegiríem la necessitat de remarcar també la seva pròpia ombra, una condició plenament perceptible en els grafits sobre paper.

L’ombra, igual que el mirall, pot entendre’s com una de les figures fonamentals per pensar la relació entre realitat, aparença, percepció, representació i coneixement. Ambdues remeten a alguna cosa que és present i que, alhora, depèn d’una altra per poder aparèixer. Una superfície d’acer polit, per exemple, com les que trobem en les obres d’Amparo Tormo, no reflecteix únicament un objecte; reflecteix també l’espectador, l’espai circumdant i les variacions de la llum. L’obra deixa així de ser una entitat visual completament estable. L’ombra, tanmateix, actua en sentit contrari a la llum, encara que en depengui: introdueix zones que s’escapen de la mirada i obliguen l’espectador a completar perceptivament allò que no es presenta de manera immediata. Així podríem concloure que, mentre el mirall —i la llum— amplien el visible en una determinada direcció, l’ombra revela els límits mateixos del visible i els desplaça cap a un territori de significació oberta. Ambdues situacions fan que l’obra depengui de la posició de l’espectador; aquest hi ha de ser. L’escultura ja no és únicament un objecte contemplat des de fora, sinó un camp perceptiu expandit que es modifica segons el moviment del cos, la incidència de la llum i, per tant, la relació entre superfície, espai i mirada. En aquest sentit, i recorrent a la fenomenologia, podem considerar que l’ombra i el mirall constitueixen dues estratègies complementàries de desestabilització de la percepció: l’ombra introdueix l’invisible dins del visible; el mirall introdueix dins del visible una imatge que no comparteix la mateixa materialitat d’allò que representa.

D’altra banda —i això ens allunya definitivament del rastre del Minimal Art—, també podem establir una relació amb el concepte d’empremta. Una ombra no deixa de ser una empremta òptica (en una situació paral·lela a la del mirall): alguna cosa que ha estat davant la llum i ha produït una modificació de l’espai lluminós. En l’obra d’Amparo Tormo, les ombres poden interpretar-se metafòricament com a rastres de l’estructura o fins i tot com a estructures en si mateixes, tal com s’observa en els papers. D’alguna manera, les seves escultures i els seus dibuixos deixen una empremta sobre l’espai. Això encaixa especialment amb la descripció d’«estructures constants», en què es parla de línies, empremtes, rastres i ombres entre volums i de fer present l’invisible. L’ombra obliga l’espectador a experimentar l’obra des d’una posició concreta que, tanmateix, ha d’anar variant, perquè no existeix una visió única i definitiva d’allò que veiem. Quan ens desplacem —i això és igualment evident tant en l’escultura com en els grafits sobre paper—, l’ombra canvia, el buit canvia, la profunditat aparent canvia, l’obra canvia perceptivament; la qual cosa ens porta a concloure que l’escultura no és simplement un objecte, de la mateixa manera que els grafits no són simplement dibuixos.

Des d’aquesta perspectiva, parlaríem aquí de la rellevància d’una situació perceptiva determinada i dels possibles conflictes que s’hi associen. En l’obra d’Amparo Tormo, l’ombra no és simplement el resultat de la il·luminació, sinó que forma part de la mateixa escultura i de la manera com la percebem. Els diferents plans, buits, materials i superfícies de les seves obres produeixen ombres i reflexos que en modifiquen constantment l’aparença; és aquí quan «el simple veure de les coses» entra en crisi. L’ombra permet fer visible el buit: assenyala els espais que resten entre les diferents parts de l’escultura i crea una sensació de profunditat. D’aquesta manera, l’obra estableix un joc entre allò que és present i allò que és absent, entre la matèria i l’espai buit, i entre allò que veiem directament i allò que roman ocult; fet que ens remet novament a la figura del mirall.

L’ombra manifesta així una cosa essencial de l’experiència perceptiva: veure implica també no veure, tal com assenyala la fenomenologia de la percepció. En termes de Merleau-Ponty —Fenomenologia de la percepció (1945)—, tota percepció del visible implica simultàniament una dimensió d’invisibilitat: allò que apareix ho fa sempre des d’una perspectiva determinada i sobre el rerefons d’allò que roman ocult. Tal com van fer visible grans mestres de l’ombra —Caravaggio, Rembrandt, Goya, Friedrich o el cinema de Tarr i Tarkovski—, la foscor pot funcionar no tan sols com un efecte lumínic, sinó també com una manera de construir allò que no pot ser plenament vist o conegut, o ni tan sols pensat.

Tot i que encara es podrien abordar molts altres aspectes de l’obra d’Amparo Tormo en relació amb el que aquí hem apuntat a propòsit de la poètica de l’ombra —i que deixem, a les palpentes, en els ulls de l’espectador—, voldríem proposar finalment una qüestió que avui adquireix una especial rellevància: «la crisi del veure» en relació amb l’impacte de la imatge contemporània —Juan Martín Prada, El ver y las imágenes en el tiempo de Internet (2018)—, una qüestió que Warhol ja havia plantejat molt abans. Tot i que l’obra d’Amparo Tormo se situa als antípodes de la de Warhol, resulta especialment suggeridor observar com, en ell, l’ombra pot convertir-se en una imatge sense un referent identificable. L’ombra deixa de ser secundària respecte de l’objecte i adquireix una autonomia visual.

L’ombra, tal com podem apreciar a la sèrie Shadow (1978–1979) de Warhol, consisteix en una estructura visual que es reflecteix en si mateixa, com un efecte de mirall. En aquesta sèrie no hi ha referent; el referent esdevé indeterminat. Warhol porta la lògica de la repetició fins a un punt en què ja no sabem exactament què és allò que es repeteix ni què és, en realitat, allò que veiem. Com passa en Rothko, cap a qui Warhol sembla mirar de reüll, en la seva obra desapareix pràcticament tota estructura. L’ombra deixa de ser una propietat de les coses per convertir-se en una qualitat de l’experiència visual. En Rothko, la foscor pot funcionar com un límit immens de la percepció; parlaríem del no-límit. L’espectador veu una zona fosca, però com més la contempla, menys evident resulta què és exactament allò que està veient, i aquí podríem parlar d’una estètica del buit, tal com succeeix també en la sèrie Shadow de Warhol. Tanmateix, Rothko no pinta simplement «el no-res», de la mateixa manera que Amparo Tormo tampoc no l’esculpeix ni el dibuixa; els seus camps foscos continuen essent extraordinàriament actius des del punt de vista perceptiu. El negre no és una absència absoluta d’imatge, per molt que aquesta sembli negar-se; és una presència que es resisteix a ser identificada. Parlaríem aleshores de silenci, foscor i concentració en una durada del temps de la mirada que es converteix en conflicte perceptiu: profunditat, ocultació, absorció i indeterminació.

Veure no significa simplement registrar allò que apareix davant dels nostres ulls. Tota percepció implica una relació entre el visible i allò que, romanent ocult, condiciona la nostra experiència del visible. En aquest sentit, l’obra d’Amparo Tormo posa en crisi «el simple veure de les coses», en obligar l’espectador a atendre allò que la mateixa percepció deixa fora de camp i que se situa en l’immens espai de les ombres.

José Luis Clemente
Universitat Politècnica de València

Amparo Tormo (València, 1960) viu i treballa a València, Espanya. Les seves obres formen part de col·leccions com l’IVAM – Institut Valencià d'Art Modern, Fundación Bancaixa, la Col·lecció d’Art Contemporani de la Generalitat Valenciana, el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo y i Museo de la Solidaridad Salvador Allende a Santiago de Chile.

L’artista ha rebut nombrosos reconeixements, entre els quals destaquen el Primer Premi de la VI Biennal d’Escultura de Meliana (2000), el Primer Premi de la VII Biennal d’Escultura «Villa de Mislata» (1999), el Primer Premi de la VI Biennal d’Escultura de Quart de Poblet (1998), el Premi d’Adquisició d’Obra de la XI Biennal d’Arts Plàstiques de Múrcia (1997), el Primer Premi de Pintura dels XXII Premis Bancaixa de Pintura i Escultura (1996), la Beca Alfons Roig (1987), el Premi d’Adquisició d’Obra de la 2a Biennal d’Escultura d’Alfafar (1986) i el Premi Senyera XXVI d’Escultura (1983).